Gran Canaria, 23 de junio de 2026. – La adicción a las redes sociales y, en concreto, al visionado de vídeos breves como los reels de Instagram o TikTok, aunque no esté formalmente catalogada en todos los manuales de diagnóstico, funciona de manera similar a otras adicciones. Así lo señala Silvia Morales, psicóloga del área infanto-juvenil y de adultos del Hospital Hospiten Roca.
Actualmente, la adicción a las redes sociales es un fenómeno muy presente en nuestra vida cotidiana; su uso resulta prácticamente inevitable, especialmente entre los jóvenes. Asimismo, esta conexión constante y prolongada con las redes sociales está estrechamente relacionada con la procrastinación de tareas o asuntos importantes que se evitan por la incomodidad o malestar que provocan. En su lugar, se recurre a recompensas inmediatas como mecanismo de alivio, siendo el consumo de contenido en redes sociales uno de los principales ejemplos.
Impacto neuronal
El visionado de redes sociales, vídeos breves, reels o TikToks activa el sistema de recompensa inmediata, haciendo que el cerebro evite exponerse a temas que son más incómodos. Esto tiene un fundamento científico, y es que la amígdala que se encarga del control del miedo y de la ansiedad se sobreactiva cuando se percibe algo como una amenaza. Paralelamente, la corteza prefrontal, responsable de controlar los impulsos, comienza a desactivarse. Es entonces cuando el cerebro ordena activar la acción más fácil y/o placentera. Al buscar lo cómodo o lo gratificante de manera instantánea —como la inmersión en redes sociales— se está, en cierto modo, escapando de la incomodidad que implica enfrentar la realidad o la toma de decisiones difíciles.
En concreto, el cerebro infantil es especialmente vulnerable a este visionado de vídeos cortos debido a que se encuentra en una etapa crítica para la neuroplasticidad, donde las conexiones neuronales se moldean según los estímulos que reciben. El consumo excesivo de este formato se asocia con un menor volumen cerebral en áreas clave como el lóbulo temporal, parietal y, fundamentalmente, el frontal, afectando principalmente a la corteza prefrontal, siendo esta región la responsable del control de impulsos, la toma de decisiones y la autorregulación emocional. La hiperestimulación con vídeos cortos puede provocar una maduración más lenta de estas conexiones, teniendo como resultado comportamientos impulsivos o disruptivos.
Los cambios constantes en este tipo de vídeos acostumbran al cerebro a la gratificación inmediata, dificultando la concentración en tareas más lentas como leer o estudiar. Cada vídeo actúa como una recompensa que libera dopamina, reforzando la búsqueda de estímulos rápidos e intensos. Como consecuencia, otras actividades más pausadas pueden resultar menos atractivas o incluso aburridas.
“La sobrecarga de información rápida puede desbordar la memoria de trabajo, impidiendo que la información se procese correctamente y se almacene a largo plazo, produciéndose un retraso en el lenguaje, un peor desarrollo de las áreas de este y menores habilidades de comunicación. Cuando hay sobreexposición a vídeos cortos ocurre una dificultad en la autorregulación ya que el uso de los mismos para calmar berrinches (el "chupete digital") impide que el niño desarrolle sus propias estrategias para gestionar el aburrimiento o la frustración”, explica Silvia Morales.
Otras de las consecuencias de esta sobre exposición es la alteración del sueño, la baja autoestima, la ansiedad y la depresión. Esto se debe, en parte, a que el tiempo dedicado a las redes sociales suele desplazar las horas de descanso necesarias para mantener una buena salud mental. Asimismo, puede derivar en la ansiedad social, especialmente en adolescentes, pudiendo presentar riesgo de obesidad por sedentarismo y problemas de visión. Detalla Silvia Morales que “afortunadamente, gracias a la plasticidad cerebral, estos efectos pueden revertirse o mitigarse si se reduce el tiempo de exposición y se fomenta la interacción con estímulos del mundo real”.
Los motivos principales que causan esta adicción son, en primer lugar, el entretenimiento y la inmediatez, ya que estos vídeos se pueden consumir en cualquier momento. Además, su popularidad y efecto contagio contribuyen a que sean aún más atractivos; por una parte, porque captan la atención de los usuarios, y por otra, porque facilitan la socialización al permitir compartir temas de interés con otras personas.
Señales de alerta
Para detectar un uso problemático o adictivo, los padres pueden observar si el menor presenta irritabilidad y ansiedad, con reacciones desproporcionadas, enfado o tristeza cuando se les retira el dispositivo o se limita el tiempo de conexión; manifestación de aislamiento social, pues prefieren estar conectados en lugar de participar en reuniones familiares o con amigos; abandono de responsabilidad, descuidando tareas escolares, higiene personal o pérdida de interés en hobbies que antes disfrutaban; uso como escape, cuando recurren a la red para evadir problemas reales, sentimientos de culpa o tristeza y la pérdida de control, cuando presentan incapacidad para limitar el tiempo de uso, incluso si reconocen que les está perjudicando.
Para prevenir estos síntomas, es recomendable establecer unos límites en cuanto a horarios, ofrecer alternativas saludables fomentando actividades al aire libre, deporte o lectura, así como servir de modelo con un uso moderado y responsable y hablar e informar sobre los riesgos de la tecnología.