
Un síntoma muy común de los pacientes en la consulta de Digestivo es la sensación de ardor que sube por el pecho, o ese sabor ácido que aparece de la nada por las noches. Y cuando repasamos el día a día, casi siempre aparecen los mismos tres culpables.
Cenar tarde
El esfínter esofágico inferior es como una válvula que separa el estómago del esófago. Su trabajo es cerrarse bien después de comer para que el ácido se quede dónde debe estar. El problema es que esta válvula no funciona igual de bien cuando estás acostado que cuando estás de pie: la gravedad deja de ayudarte. Si cenas muy tarde, le das muy poco tiempo a tu estómago para vaciarse antes de que te acuestes, y el contenido -ácido incluido- tiene más facilidad para regresarse hacia arriba.
Comer demasiado
El estómago es elástico, pero no es infinito. Cuando lo llenamos de más, aumenta la presión interna, y esa presión empuja la válvula que mencionamos antes, haciendo que se abra con más facilidad de la que debería. Además, las comidas abundantes suelen tardar más en digerirse, así que ese "estómago lleno" se mantiene por más horas, ampliando la ventana de riesgo para el reflujo.
Acostarse después de comer
Este es quizás el hábito más subestimado. Acostarse horizontal con el estómago que aún está trabajando es como voltear ligeramente un vaso que no está bien tapado: no hace falta mucho para que algo se derrame. La evidencia es bastante clara en este punto: acostarse dentro de las primeras 2-3 horas después de comer aumenta significativamente los episodios de reflujo, comparado con esperar más tiempo antes de tumbarse.
¿Por qué importa esto más allá de la molestia?
El reflujo ocasional le pasa a casi todo el mundo y no es motivo de alarma. El problema es cuando se vuelve frecuente (más de dos veces por semana) y se convierte en lo que llamamos enfermedad por reflujo gastroesofágico. Ahí ya no es solo una molestia: el contacto repetido del ácido con el esófago puede generar inflamación, y con los años, en algunos casos, cambios en el tejido que requieren seguimiento médico.
Lo que sí ayuda, según la evidencia es:
- Dejar al menos 3 horas entre la última comida y acostarte. Es probablemente el cambio con mayor respaldo científico de todos.
- Comer porciones moderadas, especialmente en la cena, en lugar de una comida copiosa.
- Elevar la cabecera de la cama unos 15-20 cm si el reflujo nocturno es frecuente; funciona mejor que apilar almohadas normales, porque eleva todo el torso, no solo la cabeza.
- Cuidado con ciertos gatillos individuales: café, alcohol, comidas muy grasas o picantes, chocolate y bebidas gaseosas relajan esa válvula en algunas personas. No a todos les afecta igual, así que vale la pena identificar los propios.
- El exceso de peso abdominal es uno de los factores más asociados al reflujo crónico, porque aumenta justamente esa presión interna que mencionábamos.
En definitiva, el reflujo no siempre depende de lo que comes, sino también de cómo y cuándo lo haces. Pequeños cambios pueden marcar una gran diferencia en la frecuencia e intensidad de los síntomas. Si a pesar de estas medidas el ardor, la regurgitación o las molestias nocturnas persisten, conviene consultar con un especialista en Digestivo para descartar complicaciones y valorar el tratamiento más adecuado.
Dra. Katherine Bustamante. Especialista en Digestivo. Hospital Universitario Hospiten Bellevue.