Con la llegada del verano, aumenta nuestra exposición solar y, con ella, la importancia de prestar atención a la salud de la piel. Los lunares forman parte de nuestro cuerpo y, aunque la mayoría son benignos, es fundamental conocerlos y saber identificar cuándo pueden ser motivo de preocupación.

Es importante hacernos autoexploraciones. Ponernos cada cierto tiempo delante del espejo, sin obsesionarnos ni estarnos mirando los lunares todas las semanas, pero sí observar aquellas lesiones que nos parezcan nuevas, que lleven poco tiempo de evolución o aquellos signos de alarma que presenten los lunares.

Lo que conocemos como los signos de ABCDE, por ejemplo, un lunar que presenta una asimetría. Que tenga dos partes diferenciadas y los bordes irregulares.

Que tenga diferentes colores: negro, marrón y rojo. En general, las lesiones muy negras y pigmentadas son las que, principalmente, nos deberían alarmar.

Que tenga un diámetro mayor de cinco o seis milímetros y ver su evolución.

Es clave darnos cuenta de si el lunar se inflama, sangra con frecuencia, se nos ha abultado o tiene un crecimiento rápido. Y también es importante lo que se conoce en dermatología, como el signo del patito feo, que es aquella lesión o aquel lunar que destaca porque es diferente al resto de las lesiones.

Hay que revisarlos cada cierto tiempo, especialmente si tenemos antecedentes familiares de casos de melanoma, sobre todo si son cercanos. En el cáncer de piel, el de peor pronóstico que queremos diagnosticar, de forma precoz, es el melanoma.

Pero hay otro tipo de lesiones cutáneas que nos deberían alarmar porque pueden ser indicativas de otros tipos de cáncer de piel, como las queratosis actínicas o el carcinoma basocelular, que generalmente se manifiestan, por ejemplo, como una herida que no termina de cicatrizar o una caspa que se cae, pero vuelve a aparecer.

En general, cualquier cosa anómala que nos parezca extraña en la piel hay que consultarla con un especialista.

Se ha visto en los últimos años cómo ha habido un aumento de la incidencia tanto de cáncer cutáneo como de melanoma. Entre otras cosas, puede deberse a que en los años previos hemos hecho un abuso de la exposición solar. Pero también puede tener relación con el envejecimiento de la población. Muchos de estos cánceres se diagnostican a partir de una edad, con lo cual, al tener más gente mayor, hay más diagnósticos.

Es cierto que estamos diagnosticando casos en etapas muy tempranas e iniciales, lo cual es muy bueno porque estamos haciendo un diagnóstico precoz, cada vez más frecuente en este tipo de lesiones. La gente consulta antes.

En Canarias, debemos protegernos todo el año. Hacerlo como una rutina más, igual que no cepillamos los dientes todos los días.

Aplicarnos una crema con un factor de protección adecuado, siempre a partir del 50, deberíamos hacerlo todo el año. Pero es cierto que especialmente en la época de verano, deberíamos ser un poquito más conscientes de aumentar la fotoprotección, no solamente con la aplicación de cremas, sino con lo que llamamos las medidas físicas como gorras, gafas de sol. camisetas, etc. Sobre todo, si vamos a estar más expuestos al sol porque vamos, por ejemplo, a realizar actividades al aire libre.

Aunque hoy en día se tiene mayor conciencia, es clave que desde casa se los transmitamos a nuestros menores y, sobre todo, desde la infancia. Hay que tener en cuenta que a los niños y niñas menores de seis meses no los debemos, bajo ningún concepto, exponer al sol.

La fotoprotección debería ser para todo el mundo en general, pero las personas de piel clarita son más propensas a quemarse con el sol. En la edad adulta, por tanto, se ha visto que las personas de piel clara tienen más probabilidad de desarrollar cánceres de piel, tanto melanoma como cáncer de piel no melanoma. Por lo tanto, toda protección es poca.

Está demostrado que las quemaduras solares en edades tempranas de la vida, desde la infancia, aunque no sean demasiadas, tienen una relación directa con una mayor probabilidad de aparición de cáncer cutáneo en la edad adulta. Por eso, es importante e insistimos siempre en la prevención y en la protección solar desde la infancia y en la adolescencia.

Otro tema es el que está relacionado con la vitamina D. Aunque el sol es una fuente de vitamina D, la exposición habitual en nuestro día a día suele ser suficiente. En caso de déficit, es preferible recurrir a suplementos médicos antes que decirle al paciente que se exponga al sol, ya que eso puede dar lugar a una exposición solar excesiva con el riesgo que conlleva.

Las pantallas y la piel: ¿debemos preocuparnos?

Está muy extendido el uso de pantallas. No solo teléfonos sino portátiles, iPads... Estamos todo el día mirando pantallas. Eso también tiene efectos, sobre todo en nuestra cara. También debemos protegernos contra eso.

Hay que tener en cuenta que la luz azul nos predispone a desarrollar manchas en la piel, hiperpigmentaciones, como, por ejemplo, lo que se conoce como melasma. Son unas manchas marrones en la piel que, aunque están relacionadas con otras cuestiones, la exposición a la luz azul de las pantallas puede favorecer su aparición.

La radiación UVB: el principal factor de riesgo del cáncer de piel

El verdadero riesgo sigue siendo la radiación ultravioleta, especialmente la radiación ultravioleta B, que también es la que produce quemaduras solares, ya que es la responsable de esos cambios y de esa alteración en el ADN de las células que nos puede llevar a la aparición de cáncer cutáneo.

Insistir en que debemos llevar la fotoprotección en nuestro día a día. Que se lo debemos inculcar a los más pequeños y ellos lo apliquen desde que sean un poquito autónomos. Protegerse cuando van al colegio, ya que van a estar expuestos en el patio o durante las actividades deportivas, etc.

Aparte de usar cremas de fotoprotección con un índice adecuado y de ponérnoslas siempre antes de salir de casa, debemos volver a aplicar crema aproximadamente cada dos horas, cuando sudamos, nos bañamos en la playa, en la piscina, etcétera, y ponernos una cantidad adecuada.

Además, utilizar sombreros, camisetas, sombrillas, gafas de sol, etcétera. Y como punto final, autochequearnos y, cuando detectemos alguna lesión, algo anómalo que nos llame la atención, siempre consultarlo con el dermatólogo.

Dra. Nuria Pérez Robayna. Dermatóloga del Hospital Universitario Hospiten Rambla