Las Palmas, 31 de marzo de 2026. En los últimos años, los profesionales sanitarios vienen observando en Europa una tendencia que ya había sido descrita previamente en Estados Unidos. Se trata de un adelanto progresivo en la edad de inicio de la pubertad, especialmente en las niñas. Los estudios disponibles estiman que, desde finales de la década de los setenta hasta el año 2013, la pubertad se ha adelantado aproximadamente tres meses por cada década, lo que confirma que estamos ante un proceso gradual y sostenido en el tiempo.

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César Herrera Molina, Pediatra de Hospiten Roca

Para comprender este fenómeno conviene recordar cuándo se considera que comienza la pubertad desde el punto de vista clínico. En las niñas, el primer signo es la aparición del botón mamario bilateral, conocido como telarquia. En los niños, el inicio se establece cuando el volumen testicular alcanza o supera los 4 centímetros cúbicos. Hasta hace unos años se asumía que la pubertad no podía empezar antes de los 8 años en niñas y de los 9 en niños. Pero esos datos proceden de estudios antiguos y actualmente se reconoce que la edad de inicio normal es más variable, por lo que estos casos ya no se consideran tan inusuales.

La interpretación de este adelanto debe hacerse con cautela. Resulta importante evitar la alarma social, pero también huir de la normalización automática de cualquier cambio en el ritmo puberal. En la mayoría de los casos se trata de una variante dentro de la normalidad. El papel del endocrinólogo pediátrico consiste en identificar qué niños necesitan un estudio más exhaustivo y cuáles pueden beneficiarse, cuando está indicado, de tratamientos destinados a modular el ritmo de la pubertad.

Impacto de la pandemia de la COVID-19

Tras la pandemia de la COVID-19 se produjo un aumento significativo de las consultas relacionadas con la pubertad precoz. Este incremento se ha vinculado a varios factores que actuaron de forma simultánea durante ese periodo, como el aumento del sobrepeso y la obesidad, el mayor uso de pantallas, las alteraciones del sueño y el incremento del estrés emocional. Entre todos ellos, la obesidad es el factor más relevante. El tejido graso cumple funciones hormonales activas y, cuando se encuentra en exceso, puede favorecer la activación temprana de los mecanismos que desencadenan la pubertad.

En este contexto también adquieren relevancia los factores dietéticos y la exposición a los denominados disruptores endocrinos. Se trata de sustancias químicas capaces de interferir en el sistema hormonal y a las que estamos expuestos en la vida cotidiana a través de la alimentación, los envases plásticos, los productos cosméticos y otros materiales de uso habitual. Entre los ejemplos más conocidos se encuentran los ftalatos y el bisfenol A.

La evidencia científica muestra asociaciones entre la exposición a estos compuestos y el adelanto puberal, aunque no siempre es posible establecer una relación causal directa. Aun así, resulta razonable adoptar medidas de prudencia, como reducir el uso de plásticos en contacto con alimentos, limitar el consumo de productos ultraprocesados y enlatados y, promover políticas regulatorias que restrinjan la presencia de estas sustancias en productos destinados a la infancia.

Obesidad y pubertad precoz

El tejido adiposo es un tejido hormonal activo. Por un lado, transmite al organismo una señal de suficiencia energética necesaria para iniciar la pubertad. Sin embargo, cuando existe un exceso de grasa corporal, se genera un estado proinflamatorio que puede alterar el eje hipotálamo-hipófisis-gonadal y favorecer un inicio puberal más temprano. Además, el tejido adiposo contribuye a la producción periférica de hormonas sexuales.

Esto no significa que todos los niños con obesidad desarrollen pubertad precoz, pero sí que el riesgo es mayor. Las medidas preventivas basadas en una alimentación saludable, la práctica regular de actividad física, la limitación del tiempo de uso de pantallas y un descanso adecuado no solo contribuyen a reducir el riesgo de pubertad precoz, sino que mejoran la salud global del niño.

Consecuencias a largo plazo y actuación profesional

Ante el adelanto de la pubertad resulta fundamental no caer en la alarma social. En muchos casos existe una predisposición genética familiar que se combina con factores ambientales, sin que ello suponga la presencia de una patología. Las causas secundarias de pubertad precoz son menos frecuentes, aunque deben descartarse en determinados contextos clínicos para garantizar un diagnóstico adecuado.

Las revisiones de un niño sano desempeñan un papel clave en este proceso. En ellas se controla de forma sistemática el crecimiento, el peso y la aparición de los primeros signos puberales. Cuando surgen dudas, la valoración por parte de un endocrinólogo pediátrico permite estudiar cada caso de manera individualizada y decidir si es necesario ampliar el seguimiento o realizar pruebas complementarias. Desde el primer contacto con la familia, la transmisión de tranquilidad y de información clara resulta esencial.

En algunos pacientes, la pubertad precoz puede asociarse a un mayor riesgo de comorbilidades metabólicas a largo plazo, como la obesidad o la resistencia a la insulina. También se ha descrito una mayor probabilidad de conductas sexuales más tempranas y de alteraciones del estado de ánimo, en muchos casos relacionadas con la diferencia entre la maduración física y el desarrollo emocional. Estas asociaciones no son inevitables, pero sí justifican un seguimiento clínico y psicosocial adecuado.

En este sentido, la formación continua de los profesionales sanitarios resulta clave para evitar la transmisión de mensajes erróneos o alarmistas. Asimismo, desde el ámbito familiar, la observación cotidiana resulta fundamental. Estas valoraciones deben hacerse siempre en el contexto global del crecimiento y del desarrollo del menor, teniendo en cuenta su evolución previa y sus características individuales.

El acompañamiento de la pubertad precoz no recae en un único profesional, sino en un trabajo coordinado. El endocrinólogo pediátrico se encarga de valorar el desarrollo hormonal y su evolución, mientras que el pediatra de atención primaria cumple un papel esencial en la detección temprana de los primeros signos. A este seguimiento se suma el apoyo psicológico cuando es necesario, especialmente ante el impacto emocional que puede generar una maduración física adelantada, así como el papel de los educadores en el entorno escolar. Esta coordinación permite ofrecer una atención más completa, cercana y eficaz, adaptada a las necesidades de cada niño.