
Los tatuajes están cada vez más de moda entre los jóvenes y los no tan jóvenes. Esa tendencia ha llevado a mirar más allá desde la perspectiva médica y cómo estos tatuajes afectan a la salud de la piel.
Tenemos que mirar más allá de la vertiente estética. Estas prácticas pueden tener un efecto poco conocido: complicar la detección precoz de melanomas y otros cánceres cutáneos, precisamente en un momento en el que la incidencia de este tipo de tumores va en aumento en Europa.
Complica tanto la autoexploración como la valoración por parte del profesional sanitario. En una exploración física rutinaria, el dermatólogo busca cambios en lunares, aparición de nuevas manchas o zonas que se inflaman y no cicatrizan. Si la piel está cubierta de pigmento, esos detalles pueden pasar desapercibidos, sobre todo en zonas donde el melanoma es más frecuente.
También puede enmascarar otros tipos de cáncer de piel, así como lesiones precancerosas. La dificultad en la detección repercute en un retraso en el diagnóstico y, por tanto, en el inicio del tratamiento, aspecto clave en el pronóstico de estos tumores.
La fase inicial del melanoma frecuentemente es asintomática: no duele ni pica, y la principal pista son los cambios visibles. Si estos signos se camuflan bajo la tinta, el tiempo hasta que alguien se dé cuenta puede alargarse, con el riesgo añadido de que el tumor avance.
En algunos casos, los melanomas pueden aparecer dentro del propio tatuaje, lo que supone un auténtico desafío para el dermatólogo distinguir si una zona pigmentada es parte del diseño original o si se trata de una lesión nueva, que ha ido creciendo y puede requerir exploraciones más precisas, dermatoscopia e incluso biopsias.
Los tatuajes implican la inyección de tinta en la capa de la piel debajo de la superficie (dermis). Una tinta que contiene una cantidad de químicos que pueden derivar en reacciones alérgicas e inflamatorias y, en algunos casos, en la aparición de tumores como el linfoma.
Es importante prestar atención a aquellas personas con otros factores de riesgo como antecedentes familiares de melanoma, piel muy clara, alto número de lunares o quemaduras solares repetidas. En esos casos, la decisión de tatuarse debería tomarse después de valorar pros y contras con un especialista de la piel.
Además, se aconseja extremar las precauciones a aquellas personas con determinadas enfermedades cutáneas como la psoriasis, el liquen plano o la dermatitis atópica. En estos casos, la agresión sobre la piel puede ocasionar brotes o empeorar las lesiones.
Es importante la autoexploración periódica y acudir a un especialista en dermatología para revisar la piel de forma sistemática, prestar especial atención a las zonas tatuadas y, si es necesario, hacer un estudio más detallado.
Dra. Lucía Pimentel Villasmil. Dermatóloga del Hospital Universitario Hospiten Rambla.